Cuando Zhuang Zhou cruzaba con Hui Zhou por una presa del río Hao hablaron sobre la felicidad de los peces que veían correr y saltar libres en aquel nido de agua.
Esa es la felicidad de los peces, dijo Zhuang al verlos.
Pero Hui preguntó escéptico: ¿Cómo puedes saber qué hace felices a los peces, si tú, querido Zhuang, no eres un pez?
Zhuang miró a su amigo y lo vio sonreír esperando una respuesta bajo la luz de un sol todavía nuevo.
–– Si tú, Hui, no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé acerca de lo que hace felices a los peces?
–– Tú has dado la respuesta –– le dice Hui. Como yo no soy tú, no podría decir qué sabes o no sabes, qué sientes o no sientes. Así tampoco tú puedes saber ni lo que los peces saben ni tampoco lo que los hace felices.
–– Querido Hui –– habló Zhuang ––, volvamos a la pregunta original. Es evidente que aquella primera preguntarevela que tú sabes que yo sé lo que hace a los peces felices. Yo reconozco la felicidad de los peces en la felicidad que yo mismo siento mientras atravieso este río.
–– Pero no somos ni seremos peces –– respondió Hui.
–– Es cierto, amigo –– dijo Zhuang. Quizás para sentir o conocer la felicidad de otros y hacerla propia solo debemos ser como esta presa. Detener estas aguas por un instante, gozar de lo efímero y luego dejarlo ir.
–– O quizás se trate simplemente –– interrumpió Hui ––, de ser la felicidad misma como se puede ser el dolor y la muerte. Ser ellos y no tan solo ser como ellos. O quizás se trate solamente de romper la presa y dejar que el agua y los peces se desborden hasta que el río sea lo que alguna vez fue: un brazo de agua que desaparecía en el mar.
Que todo sea para que, finalmente, no sea.


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